educacion emocional

Tengo tendencia a desdramatizar cada vez más las cosas que me pasan. Me paro y pienso: «¿esto me va a seguir importando dentro de un año?». Si contesto que no, a menudo, y cada vez más, dejo pasar y  con los hijos también soy un poco así: para poder vivir la maternidad que quiero, necesito sentirme libre de sentir. Y dentro de nuestra manera de sentir me parece imprescindible dejar de negar los sentimientos.

Pellizquitos en el corazón

Pero si hay algo que la maternidad trae consigo son lo que yo llamo «pellizquitos» en el corazón». Esta foto es del primer día que mi hijo mayor se hizo una herida que pueda ser calificada como tal.  Él tenía cuatro años ya. La herida eran unos raspones en el codo y las rodillas.  Y si, podéis llamarme suertuda, no soy una madre que haya vivido sobresaltada detrás de niños saltimbanquis. Aún no hemos gastado entera una barrita de esas antigolpes, pero ver su disgusto y su dolor ese día, esos ojos tristes, esa necesidad de consuelo y esos lagrimones hizo que se me encogiera el corazón un rato y hasta a mí me entraron ganas de ponerme a llorar mientras limpiaba con agua y jabón las rodillas deshechas.

Momentos de pellizcos hay muchísimos y a medida que se van haciendo mayores cada vez más. Su primera decepción con un amigo o una pelea entre hermanos. Cuando se sienten incomprendidos y te dicen «esto no es justo», un portazo un día y un «déjame sólo en mi cuarto». He de reconocer que este pellizco fue muy, pero que muy gordo. Incluso la sorpresa al leer un cuento que no acaba bien o una canción triste. Para nosotros queda la primera canción que hizo llorar a mi hijo a lágrima viva una noche en mi cama.

Negar los sentimientos

A menudo se le resta  importancia a estos sentimientos con un «no pasa nada» o un «ya pasó», pero a mí me cuesta horrores. Cuando tengo el corazón encogido yo por ellos ¿cómo no lo tendrán ellos?. Procuro siempre estar cerca y calmar lo que sea que les angustia, como todo, hay días que estoy más acertada que otros, días que estoy más cansada  que otros, pero quiero que mis hijos crezcan sabiendo que son libres de sentir lo que sienten, me parezca a mí lo que me parezca.

Si tienes hijos sabes de lo que te estoy hablando. Si aún no los tienes: prepárate para sentir de vez en cuando que te falta el aire igual que a ellos y que se te llenan los ojos de lágrimas aún cuando a ti, aparentemente, no te duela nada.