Voy a echar de menos ver ocupado mi sitio en la cama y ser la almohada donde reposan vuestros sueños…

Puede que ahora resople cuando me encuentro otro playmobil en la barra de la cocina y las muñecas y sus ropas repartidas por cuatro armarios, hasta pongo los ojos en blanco ante el mar de migas que rodea nuestro sofá y cuando desentierro  tesoros escondidos debajo de los cojines y no deja de asombrarme encontrar restos de comida y piedras y conchas en cualquier cajón.

Ese catálogo de juguetes, ese álbum de cromos que ha estado seis meses dando vueltas del coche a la mochila y de la mochila al coche y que nos ha enfadado más de una mañana porque no sabíais dónde estaba y sin él no había tutía.

Volverán los domingos sin madrugones y las camas siempre hechas, las pelis sin interrupciones y los últimos trozos de los bocadillos volverán a ser míos y el mando de la tele y mis duchas, volver a leer durante horas.

Las luces de la escalera no se encenderán de madrugada anunciando que hay quien viene a buscar un hueco en el colchón, las lavadoras no irán cargadas de manchas imposibles de yogur con ketchup y hacer planes no requerirá acordarse de llevar mudas, pañales, portabebés de repuesto y botellas de agua para cinco.

No nos pasaremos 15 minutos buscando «el» cuento y otros 15 debatiendo cuántas páginas leemos esa noche, dejaremos de inventar historias que empiecen por «p» y a nadie le parecerá divertidísimo sacarle punta a todos los lápices hasta dejarlos perfectos y listos para dibujar la casita número mil o los rayos de sol que tanto nos gustan.

Habrá silencio, seguramente demasiado, y no resonarán en la casa las canciones del verano tuneadas, los «sal de mi habitación» y el «ha empezado ella», ya no perseguiré a nadie para que pase para la ducha y dejaré de ser los brazos que siempre consuelan, mi sana-sana dejará de ser mágico y mis respuestas dejarán de convencer como lo hacen hasta ahora.

La teta dejará de ser refugio y llevaros en el colo será imposible, no habrá más horas de peinados y tatuajes de bolígrafo, ni lengua de trapo, ni negociaciones con chocolate de por medio, ni berrinches en el supermercado de los que voltean cabezas ajenas y miradas de reprobación.

Las dosis de apiretal anotadas por kilos, los festivales de navidad, la intimidad que aún nos permite la piel y que dentro de nada se volverá vergüenza, todo lo que hoy sé mañana no os lo creeréis si no os lo dice un amigo o incluso su madre, las certezas de nuestros recuerdos, vuestra inocencia…

Tiene que ser…prometo un poco más de paciencia, no estar sin estar, abrir bien los ojos y ser la guardiana de vuestra infancia porque si no la vivo con vosotros, si me la pierdo, no podremos vivir todo lo que nos queda…os lo prometo.