adaptacion-escolar

Suena el despertador, 06:50 AM, es mi momento, podría levantarme y empezar a arreglarme, pero no, escucho el silencio, apenas empieza a abrir el día y lo único que oigo son respiraciones acompasadas, «10 minutos más» pienso. Estiro los brazos y a mi lado hay cuerpos chiquitos, profundamente dormidos, tal vez soñando, tranquilos, serenos, cruzados de lado a lado de la cama. Les doy un beso y me acurruco, en esos 10 minutos voy repasando lo que vamos a hacer ese día, me pregunto a qué vino el mal humor de uno ayer por la noche, si se le habrá pasado la herida de la boca a la otra, en qué horario va hoy la pequeña. Me quedan dos días de vacaciones y como siempre, mi lista de «tareas pendientes» apenas si tiene alguna tachada, pero me siento bien, he estado con ellos, nos hemos reído, no me culpo, ha habido algún momento difícil, la vagancia por recoger las infinitas piezas de Lego®, la pereza de irse a la cama cuando aún brilla el sol, pero podía haber sido peor, hemos tenido «vueltas al cole» mucho más duras, aún recuerdo a Lola enfadadísima con el mundo llorando a moco tendido en el coche, una cachorrita de 4 años, con su pañuelo y sus lagrimones porque «yo quiero jugar al fúgol, y no me dejan jugar al fúgol y yo quiero jugar y yo soy presioooosa».  Vuelve a sonar el despertador, 07:00 AM.

Me desperezo y reparto besos, acaricio cabezas y les digo las palabras secretas, las que son sólo nuestras, cada uno tiene la suya, enciendo la luz y voy a arreglarme mientras van abriendo los ojos. La pequeña tiene una energía tremenda, se despierta cantando y gastando bromas, se va a terminar de despertar al hermano que aparece en el cuarto de baño con una cara que ya no es la de un niño pequeño, me da un beso y pienso que ojalá de esos besos mañaneros aún me queden muchos porque los de en la puerta del colegio empiezan a escasear, ya es un chico, van escaleras abajo, la peque reclama el desayuno a voz en grito, él se acomoda en su sofá y dice «lo de siempre».

El padre ya hace un rato que está despierto, me llega el olor a café y oigo a la mediana quejarse un poco de la boca y pedir besos a la pequeña para que se le cure la pupa, parece que el mal humor de ayer ha desaparecido y me repito «no pienses en ayer, un día a la vez, un día detrás de otro», pero es fácil que mis sentimientos se queden en cosas de las que les digo que hay que pasar página porque quiero que todo fluya, que estemos serenos y tranquilos, y esos momentos me descolocan.

Cuando bajo están desayunado, tres ritmos y tres energías diferentes, voy a por mi café, el padre pregunta algo, sabe que antes del café voy parca de palabras, pero le da igual, él habla siempre, todas las mañanas, pregunta por esto o aquello y yo me pregunto si alguna conseguiremos que ese encuentro en la cocina sea diferente, si dentro de diez años más, yo no necesitaré café para poder hablar o si él me habrá dejado por imposible hasta que no vea vacía mi taza…Tostadas de aceite y tomate, los niños quieren un poco mientras remolonean un poco más y empieza el run run de «veeeeeenga, acabad de desayunar y lavaros los dientes», esto estoy casi segura de que va a seguir así unos años, por mucho que el abuelo me cuente que en verano desayunan en 5 minutos y se visten en 2, sé que en esta casa el ritmo es este.

Acabo el café y empiezan a desfilar por el cuarto de baño, «esta pasta pica» «no encuentro el cepillo» «yo hoy quiero una trenza» «no es justo que ella entre más tarde». Sigo oyendo la cantinela de fondo, «veeeeeenga», se empiezan a vestir, la ropa estaba preparada del día anterior y el uniforme no deja mucho espacio a la improvisación, con todo y con eso siempre hay un pantalón que aprieta, un calcetín que molesta, un botón que está muy duro, pero lo sabemos…respiro, me enfada un poco, pero respiro.

Me voy a la cocina a preparar los aperitivos, el silencio de hace 40 minutos ha desaparecido, se han ido a sus habitaciones a buscar algún juguete para el patio.

-Chicos al coche, nos vamos.

-¿Qué llevamos hoy de aperitivo?

-Diego manzana, Marina pera, Lola ciruelas.

-¡Oh! ¿Te sabes nuestras frutas preferidas? ¿Cómo?

-No se las sabe, bueno sí, porque mi preferido es el melón y después empatados están los kiwis y las ciruelas.

Sonrío, sonríen, pienso en todo lo que sé de ellos y ni se imaginan…todo está bien.

-«Vámonos, que hay que buscar sitio para aparcar»

-¿Mamá me abrochas?…